martes, 27 de marzo de 2007

La Princesa y el Plebeyo

Una bella princesa estaba buscando consorte. Nobles y ricos pretendientes llegaban de todas partes con maravillosos regalos: joyas, tierras, ejércitos, tronos… Entre los candidatos se encontraba un joven plebeyo que no tenía más riqueza que el amor y la perseverancia. Cuando le llegó el momento de hablar, dijo:
-Princesa, te he amado toda la vida. Como soy un hombre pobre y no tengo tesoros para darte, te ofrezco mi sacrificio como prueba de amor. Estaré cien días sentado bajo tu ventana, sin más alimentos que la lluvia y sin más ropas que las que llevo puestas. Esta será mi dote.
La princesa, conmovida por semejante gesto de amor, decidió aceptar:
-Tendrás tu oportunidad: si pasas esa prueba me desposarás.
Así pasaron las horas y los días. El pretendiente permaneció afuera del palacio, soportando el sol, los vientos, la nieve y las noches heladas. Sin pestañear, con la vista fija en el balcón de su amada,el valiente súbdito siguió firme en su empeño sin desfallecer un momento. De vez en cuando la cortina de la ventana real dejaba traslucir la esbelta figura de la princesa, que con un noble gesto y una sonrisa aprobaba la faena. Todo iba a las mil maravillas, se hicieron apuestas y algunos optimistas comenzaron a planear los festejos. Al llegar el día 99, los pobladores de la zona salieron a animar al próximo monarca. Todo era alegría y jolgorio, pero cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, ante la mirada atónita de los asistentes y la perplejidad de la princesa, el joven se levantó y, sin dar explicación alguna, se alejó lentamente del lugar dónde había permanecido cien días.
Unas semanas después, mientras deambulaba por un solitario camino, un niño de la comarca lo alcanzó y le preguntó a quemarropa:
-¿Qué te ocurrió? Estabas a un paso de lograr la meta, ¿Por qué perdiste esa oportunidad? ¿Por qué te retiraste?
Con profunda consternación y lágrimas mal disimuladas. El plebeyo contestó en voz baja:
-La princesa no me ahorró ni un día de sufrimiento, ni siquiera una hora. No merecía mi amor
.

Reflexión: Cuando estamos dispuestos a dar lo mejor de nosotros mismos como prueba de afecto o lealtad, incluso a riesgo de perder nuestra dignidad, merecemos al menos una palabra de comprensión o estímulo. Las personas tienen que hacerse merecedoras del amor que se les ofrece.

3 comentarios:

Violeta dijo...

No lo sabes tú bien!! Desde pequeños nos intentan enseñar el altruismo, el dar por el dar, ofrecer sin recibir nada a cambio. Yo tambien estoy de acuerdo en dar sin recibir, pero se necesita algo de ayuda para seguir dando. Para las relaciones, tanto de amistad como las de pareja, se necesitan dos personas, porque si solo uno pone de su parte, esa persona acaba quemada, y evidentemente esa relación acaba rompiendose.
Una leyenda con una moraleja muy bonita, Ale!!
Muchos besos

Alejandra dijo...

Si, esta historia encaja a la perfección con una relación amorosa que tuve (una de las más importantes) en la que di demasiado a cambio de nada, y a la final terminé con un desgaste emocional terrible y fue bastante difícil de superar. Como bien dices: Para una relación hacen falta dos.

Como siempre gracias por tu comentario Violeta!, un beso.

Anónimo dijo...

yo a Delia la espero esa hora que falta porque la amo.......
Ignacio